18 ene. 2010

Teología y vida

En otros tiempos la teología era la disciplina troncal de la que derivaba cualquier otro saber. Si Dios era el centro del mundo la ciencia que trataba de su naturaleza y atributos ocupaba el centro y el origen de todo conocimiento. Hoy las cosas han cambiado; preferimos reservar la denominación de ciencia para la ciencia positiva, mientras que la teología ha quedado reducida al ámbito de las disciplinas en las que se forman los sacerdotes, sin conexión con los problemas de la vida corriente. Nadie ocupa su tiempo en desentrañar problemas teológicos, no inciden en nuestra vida, no nos interesan; nos asombra que en otros tiempos esas discusiones llegaran a la calle y movieran a las masas; hasta nos escandaliza que un obispo, ante un problema sangrante que afecta a la vida de muchas personas, nos salga con teologías; pero hace pocos siglos ante una mortífera epidemia o cualquier otra catástrofe la última explicación y la única solución eran teológicas.

La incomodidad del obispo Munilla ante la inmensa ola de compasión por la catástrofe de Haití, que le llevó a relativizarla oponiéndole lo que considera un desastre mayor, a saber: la falta de espiritualidad en el mundo, demuestra que él cree en Dios, con todo lo que eso implica, y los que se escandalizaron por tales manifestaciones no, aunque muchos de ellos no lo sepan. Naturalmente estoy hablando del cristianismo no de un teísmo a la carta, que es lo que profesa hoy tanta gente.

Siempre he visto al cristianismo, a cualquier religión en realidad, como un antihumanismo, como ideologías que al trascender en su mensaje al mundo material niegan al hombre, avergonzándose o rechazando la plenitud de su condición humana, que, naturalmente, incluye su animalidad, sus pulsiones e instintos naturales. Todas ellas escinden la naturaleza humana en dos realidades, una material en la que meten todo aquello que les parece deleznable (material) o impuro, y otra en la que incluyen funciones cerebrales “elevadas”, intelectuales y algunos elementos extraídos de fantasías mitológicas. La primera está abocada a la muerte y a reintegrarse a la tierra («polvo eres…»), la segunda trasciende este mundo y alcanza la vida eterna, ésta es la que importa, aquella es despreciable. El cristianismo nos ha ofrecido siempre una idea del mundo real como «un valle de lágrimas», en donde la auténtica alegría procede de la posibilidad o inminencia de la partida («vivo sin vivir en mí/ y tan alta vida espero/ que muero porque no muero»). Ni siquiera tiene una explicación para la existencia del mal y el sufrimiento inútil de los inocentes (fue al preguntarle sobre esto cuando Munilla soltó lo que le quemaba por dentro: ¿qué importa el sufrimiento de la carne cuando peligra el espíritu?), si acaso puede servir como mérito para la otra vida: cuando Jesús dice «…bienaventurados los pobres…, …los que sufren…, …los que tienen hambre de justicia…», no les propone una revolución liberadora sino la promesa de una recompensa en el Cielo. La teología de la liberación, que proponía soluciones en la Tierra, ha sido condenada explícitamente; nadie duda de que si viviéramos otros tiempos sus formuladores habrían seguido el abrasador camino de Juan Huss o de tantos otros “herejes” que se atrevieron a cuestionar la justicia de la convivencia pobreza/riqueza.

A mí no me sorprendió la postura del obispo, respondió con la teología en la mano, como él mismo ha dicho. La oleada de indignación que ha levantado en las propias filas del cristianismo sólo demuestra que muchos feligreses han abandonado la doctrina, ya no la reconocen; son en realidad postcristianos, una condición que habría que empezar a tener en cuenta.

Dicen que Su Eminencia demostró falta de empatía, ¿con quién? Es que su corazón ya no es humano, arde de amor divino.

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IMAGEN: Juan Pablo II amonesta públicamente a Ernesto Cardenal, sacerdote comprometido con la Teología de la Liberación y la Revolución Sandinista.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias intiresnuyu iformatsiyu