5 abr. 2013

Todo lo que era sólido


Hace tiempo que no dedicaba un post a comentar un libro, quizás porque no es corriente dar con uno que realmente merezca la pena. En este caso el ensayo de Muñoz Molina, Todo lo que era sólido, es una clara excepción.
La cita de Joseph Conrad con la que se abre el libro, «Es extraordinario como pasamos por la vida con los ojos entrecerrados, los oídos entorpecidos, los pensamientos aletargados», nos pone inmediatamente en la pista que desvela la perspectiva desde la que Muñoz Molina reflexiona y escribe este ensayo, que no dudo en calificar, de entrada, como excepcional, lúcido, sincero hasta la incomodidad y revelador en el sentido en el que en una película fotográfica se revelan las imágenes que un instante antes permanecían invisibles para nuestros ojos.
Lo que me ha sorprendido y admirado siempre de este escritor es su capacidad para elevar lo normal y cotidiano, lo común y ordinario a los niveles de lo excepcional y fascinante. Con una prosa sencilla y directa desgrana un pensamiento que carece igualmente de artificio intelectual alguno pero al que se le percibe con la solidez de lo que ha sido fraguado en el sentido común, al alcance de cualquiera pero al que tan pocos y tan pocas veces se recurre.
La dolorosa deriva económica y política del país en los últimos tiempos se nos muestra como la consecuencia de la torpeza, el narcisismo y la falta de lucidez de una sociedad que evolucionó demasiado deprisa, desde la prolongada siesta del franquismo, como para haber apreciado en su justo término cada una de las conquistas logradas; como el proceso de corrupción paulatino y acelerado de los hábitos políticos consecuencia de un fondo ético mal definido, quizás por el peso de la historia, y reblandecido por la artificiosa prosperidad de la coyuntura. Leyéndolo tiene uno la sensación en cada página de encontrar palabras propias, argumentos y reflexiones que han rondado nuestra cabeza muchas veces. Y sin embargo, qué rigor y precisión en la dialéctica, qué robustez en la reflexión y qué acierto en las conclusiones.
Va desgranando MM las cuentas del rosario de los pecados capitales de los españoles, que no son siete sino algunos más, y el papel que han jugado en el desencadenamiento de la situación actual. Critica con dureza a aquellos que tuvieron responsabilidades, personas e instituciones, pero se termina con la impresión de que las responsabilidades están más repartidas y que la entera sociedad española lo es, aunque sólo fuera como colaboradora necesaria, si hemos de recurrir a la jerga jurídica.
Termino seleccionando un párrafo (pgs. 102/3) que para mí constituye la mejor explicación que haya leído sobre el crack sociopolítico que estamos sufriendo:
«La democracia tiene que ser enseñada, porque no es natural, porque va en contra de inclinaciones muy arraigadas en los seres humanos. Lo natural no es la igualdad sino el dominio de los fuertes sobre los débiles. Lo natural es el clan familiar y la tribu, los lazos de sangre, el recelo hacia los forasteros, el apego a lo conocido, el rechazo de quien habla otra lengua, o tiene otro color de pelo o de piel. Y la tendencia infantil y adolescente a poner las propias apetencias por encima de todo, sin reparar en las consecuencias pueden tener para los otros, es tan poderosa que hacen falta muchos años de constante educación para corregirla. Lo natural es aceptar límites en los demás y no aceptarlos para uno mismo. Creerse uno el centro del mundo es tan natural como creer que la Tierra ocupa el centro del universo y que el Sol gira alrededor de ella. El prejuicio es mucho más natural que la vocación sincera de saber. Lo natural es la barbarie, no la civilización, el grito o el puñetazo y no el argumento persuasivo, la fruición inmediata y no el empeño a largo plazo. Lo natural es que haya señores y súbditos, no ciudadanos que delegan en otros temporalmente y bajo estrictas condiciones, el ejercicio de la soberanía y el bien común. Lo natural es la ignorancia: no hay aprendizaje que no requiera un esfuerzo y que no tarde en dar fruto. Y si la democracia no se enseña con paciencia y dedicación y no se aprende en la práctica cotidiana, sus grandes principios quedan en el vacío o sirven como pantalla a la corrupción y a la demagogia.»
Después de sus palabras sería estúpido seguir con las mías.
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Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido. Seix Barral. Biblioteca breve. Barcelona, 2013.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Excelente presentación de este interesante libro/tratado...el epílogo es una gran firma !

Saludos
Mark de Zabaleta