27 abr. 2013

La iglesia, la caridad y la justicia

Una cosa es amar a los pobres y otra detestar la pobreza. Se puede practicar la caridad tratando de mitigar el sufrimiento que la pobreza genera en las personas: amor a los pobres; y se pueden crear, apoyar, exigir las medidas estructurales de cambio social que permitan erradicar la desigualdad, el dominio económico de unos sobre otros: repudio de la pobreza. Nadie duda que la iglesia  practique y promueva el amor a los pobres. Los ejemplos son múltiples en la historia y en el presente. No seré yo quien le quite ese mérito. También es cierto que la bendita práctica ha sido utilizada más veces de las deseables con fines espurios: bien para el proselitismo, o bien para desarmar actitudes de rebeldía potencialmente peligrosas para la conservación del statu quo social. Pero ese es otro debate. Lo que suscita dudas, por decirlo con suavidad, es que la prédica del amor a los pobres se complemente con la condena de la pobreza, y mucho menos con la acción positiva por su erradicación definitiva.
La iglesia es una institución compleja. Históricamente ha tenido un largo periodo de muchos siglos en el que constituía el corpus social completo. Fuera de ella no existía más que la muerte, renegados, o la marginación y la persecución, minorías de otras creencias. Lógicamente en su seno han surgido corrientes y movimientos que han tratado de ir más allá de la caridad al uso, planteándose el cambio social, bien por una exaltación de la pobreza (monaquismo y sus reformas medievales, mendicantes, etc.) o por la denuncia de la explotación (movimientos históricos, como los husitas, basados en los textos proféticos más que en los evangélicos, y, recientemente, la llamada teología de la liberación, deudora del marxismo). Pero hay que decir que todos los movimientos de carácter igualitario, aquellos que planteaban cambios en las estructuras sociales (políticos) han sido reprimidos duramente  por la propia iglesia, que nunca se contentó con desautorizarlos, denunciándolos como heréticos, sino que cuando pudo los aplastó de modo inmisericorde. Sólo han persistido aquellos que se limitaban a exaltar la pobreza, sin duda porque acababan reducidos al entorno de algunas ordenes religiosas, restringiendo su impacto a la iglesia institucional pero dejando inalterada la sociedad. Concluyamos pues que no hay que sorprenderse de que la desigualdad, que posibilita y genera la pobreza, no haya desaparecido en los cerca de dos mil años que la iglesia ejerció un dominio ideológico (en gran medida también político) casi absoluto en Occidente, pese a su cacareado amor a los pobres, o quizás por eso mismo.
Llegados a este punto alguien podría alegar que en otros ámbitos culturales donde dominan otras creencias y otras iglesias tampoco se ha producido una nivelación social. Es cierto. Pero eso sólo confirma que ninguna religión es instrumento para la justicia social y que todas ellas a lo que contribuyen con eficacia es a la consolidación de las estructuras existentes. Son sin excepción instrumentos conservadores.
En el caso del cristianismo, especialmente el católico, existe además un enaltecimiento del sufrimiento y del dolor, derivado del sacrificio de Jesús, que favorece la aceptación de las desgracias con alegría, lo que, según se predica, los sitúan en el camino de la imitación de Cristo (es sabido que Teresa de Calcuta, que entregó su vida por los enfermos, se resistía a aplicarles tratamientos paliativos por esa razón). La pobreza, por tanto, puede ser vista como una bendición, una prueba más que envía la providencia. La iglesia viene a decirnos: amemos a los pobres pero también a la pobreza, que hace posible su existencia y que prueben la fortaleza de su fe, así como la práctica de la caridad, expresión máxima de amor al prójimo. ¿Para qué cambiar nada?
Dice un adagio muy recurrido que mejor que dar pescado a un hambriento conviene enseñarle a pescar; pero, el cuento se quedó a medias porque a continuación habría que ayudarle a que arranque al capitalista local los derechos que tiene (usurpados) sobre el río. Si lo primero era una obra de caridad para lo que sólo se precisa de voluntarismo, lo segundo es una acción política para lo que hace falta mucho más: una percepción clara de la injusticia y de la necesidad del cambio, un programa, una estrategia, instrumentos sociales y políticos para la acción…
El discurso de la iglesia se queda sólo en el primer paso e incluso condena a los suyos que desde dentro tratan de dar el segundo. Lamentable pero, con todo, soportable si la masa de los ciudadanos no estuviera empapada de la moral que durante siglos ha permitido la injusticia con la coartada de la caridad; es nuestra responsabilidad sacudírnosla.
Dicen que el papa Francisco es el amigo de los pobres. Tendrá que demostrarlo con acciones positivas contra la pobreza, no con prédicas dirigidas al corazón de los poderosos y al estímulo de la caridad. Lamentablemente su pasado no alimenta esa esperanza.

1 comentario:

Juliana Luisa dijo...

Es importante distinguir caridad y justicia. La práctica de l caridad es un atentado contra la dignidad humana.
Es mi punto de vista