22 feb. 2014

La conjura de los necios

La tarde del 23 de febrero del 81 la había dedicado a hacer unas compras con mi mujer y fue un dependiente de unos almacenes quien nos dio la noticia de que la Guardia Civil había asaltado el Congreso. Cuando asimilé la noticia lo que sentí fue vergüenza. Dentro de nuestra modestia, nos habíamos implicado activamente en el proceso de la transición, acorde con una militancia comunista. Sé que otros con similares circunstancias sintieron miedo y hasta tomaron algunas medidas preventivas. Yo sólo sentí vergüenza. Puede que el sentimiento no estuviera a la altura de las circunstancias, pero es la pura verdad.


En realidad yo había sufrido el franquismo más como violador de mi dignidad humana que como represor cruento, de hecho mi familia era, como se decía entonces, de derechas de toda la vida y jamás padeció directamente la violencia de la dictadura. Lo que sí sentí con intensidad fue la vergüenza de tener bajo custodia y tutela de un poder arbitrario mi condición de persona humana. La muerte de Franco y la transición fue una fiesta que los golpistas clausuraban a tiros, aunque fueran dirigidos al techo. Una vergüenza.

Las horas siguientes fueron de confusión, para la inmensa mayoría de los españoles, por no decir para la totalidad. El desenlace demostró después que desde los directamente implicados en el golpe hasta los que, ajenos a la intentona, andaban en las altas esferas del poder se vieron envueltos en el mismo desbarajuste desde muy pronto, seguramente lo que nos salvó de mayores males. Algunos de los protagonistas no sabían, sorprendentemente, lo que estaba pasando y la confusión trabó sus acciones hasta conducirlos al fracaso.

Un golpe puede fracasar porque se produce una reacción contundente por parte de la ciudadanía y de los restos del poder no neutralizado o por una mala preparación o coordinación de los golpistas. Es evidente que lo primero no ocurrió: los ciudadanos nos limitamos a contener el aliento. El poder, por su parte, no se manifestó; con sus puestos decisivos secuestrados en el Congreso sólo produjo una voluntariosa intervención televisiva de J. Pujol, nunca suficientemente agradecida, y la de la junta de subsecretarios que había asumido el gobierno temporalmente, porque la del rey, esperadísima, no se obtuvo hasta la madrugada (1,14h. del 24), cuando ya el golpe apuntaba al fracaso, si es que no era ya evidente. Había más presidentes autonómicos y otros cargos, pero el silencio espeso e inquietante fue la norma.

Puede que el principal factor del fracaso fuera la falta de preparación y de coordinación si se acepta la tesis (sostenida por Cercas en su informe/novela) de que confluyeron en el golpe tres concepciones diferentes: la de Tejero, la de Milán del Bosch y la de Armada; del franquismo puro y duro a la contemporización con la democracia. Las tres chocarían dramáticamente en el momento del golpe sin que fueran capaces, en ese instante crucial, de superar sus diferencias. Que en la preparación del  golpe hubieran dejado aplazado el diseño del día después, resultando como resultó tan decisivo en el momento crítico, parece increíble.  Es cierto que siempre tendemos a sobrevalorar las capacidades de aquellos que ostentan puestos decisivos en el poder y que con frecuencia es la mediocridad, la irresponsabilidad o la simple estupidez, movidas por pasiones más o menos confesables, las que se imponen, pero el asunto no deja de ser sorprendente.

Hoy, más de treinta años después, todavía quedan preguntas acuciantes sin contestar: ¿Cuántos y quiénes estaban implicados? ¿Conocía el monarca el golpe antes del 23-F? ¿De qué hablaron el Rey y Armada en la estación de esquí de Baqueira Beret a finales del año 1980? ¿Por qué el monarca recibió en el palacio de la Zarzuela a Armada el 13 de enero de 1981, diez días antes del golpe? ¿Por qué eran los dos generales monárquicos por excelencia, Armada y Miláns del Bosch, los jefes del golpe? ¿Por qué tardó tanto el Rey en salir por televisión, y no habló a los españoles por la radio de manera inmediata tras el asalto al Congreso?...

Estas interrogantes las he recortado y pegado desde un artículo de P. Sebastián en La República de las Ideas (2013), pero podría haberlas sacado de la carpeta de dudas que a todos nos hace cosquillas en la conciencia.

Han sido mil y una las teorías expuestas y seguirán elaborándose otras nuevas porque estoy seguro de que jamás se sabrá la verdad completa. No me preocupa demasiado. Yo tengo la mía, de la que no desvelaré detalles, pero que habría que clasificar en la categoría conjura de los necios, ya que ninguno de sus protagonistas, fuesen feroces guerreros, astutos políticos o nobles monarcas, logró que su cerebro funcionase con las prestaciones  que consideramos normales (no entraré en si la normalidad de sus mentes era esa precisamente).

En circunstancias así ¿Quién puede reprimir un ¡Alabado sea el Señor!? Aunque luego me dé vergüenza. Lo dicho, este asunto, sea por una u otra razón, lo que da es mucha vergüenza.
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NOTA. Tomé prestado el título del libro de Pilar Cernuda que siempre me pareció un acierto, con independencia de su contenido.


2 comentarios:

Lorenzo Garrido dijo...

Para mí el monarca estaba detrás, era el cabecilla del golpe de estado. Juan Carlos ha sido un franquista de toda la vida, antes y después del golpe.

Arcadio R. C. dijo...

Como ya digo en el artículo, me temo que eso es algo que nunca sabremos.
Gracias, un saludo.