6 jul. 2015

La funesta manía de pensar

No sé si siento admiración o miedo ante esas personas que piensan y siempre pensaron lo mismo, que ni la edad ni las demás circunstancias personales o ambientales les hicieron desviarse del camino que descubrieron en los comienzos. Imagino, en el caso de la edad, que la experiencia ha ido ratificando una tras otra las conclusiones de sus pensamientos. Eso es admirable sobre todo si comprobamos, como no podía ser de otra manera, que estos pensadores monolíticos se encuentran en cualquier punto de la rosa de los vientos ideológicos, lo que, si seguimos los preceptos de la lógica (no son verdad a la vez una cosa y su contraria), induce a concluir que sufren algún tipo de error en el proceso evaluador de su experiencia. Es muy posible que esas personas no existan, que no sean sino la imagen que queremos proyectar en el escenario del teatro/mundo y que, a fuer de representarla, la hemos asumido como propia, ocultando las contradicciones internas salutífera o conflictivamente. Quiero decir que algunos lo hacen tan eficientemente que redunda para ellos en salud y tranquilidad, pero que cuando la artimaña es chapucera conduce al conflicto interno, a la perplejidad y a la incertidumbre. Si fuera así, casi con certeza yo estoy entre estos últimos.


En muchas de las ideas que manejaba en mi juventud no me reconozco, casi a diario me sorprendo defendiendo por la tarde aquello que condené por la mañana y, por supuesto, lo que sostengo ante algunos es justo lo que combato ante otros. Quizás esto no tuviera demasiada importancia (que importa lo que yo piense) si no fuera porque me doy cuenta. Y ¿ante quién más que ante mí debería guardar la compostura y no presentarme como un pelele agitado por las circunstancias? Lo digo por una cuestión de autoestima, eso que tanto valoran los psicólogos como puntal de nuestra personalidad.

En fin, el otro problema que me preocupa es la verborrea, yo no quería más que hablar de Grecia pero he largado más de 300 palabras sin que la intención se vislumbre siquiera. Y es que lo de los griegos me despierta no sólo sentimientos contradictorios sino también pensamientos discordantes.

Anoche vimos como los que habían votado ‘no’ se lanzaban a la fiesta en la plaza Sintagma, que ya me resulta más familiar que la de mi pueblo. Celebraban haberle dado en los morros a los europeos (Comisión, Eurogrupo, Banco Central…) Les tengo tantas ganas que de haber estado allí también me habría puesto a bailar el sirtaki olvidando mi incapacidad genética para esos menesteres. Después, intentando dormir la mona, me habría alarmado por haber celebrado un triunfo del soberanismo/nacionalismo que tanto lastra los esfuerzos por construir Europa y, a otro nivel, tanto trabaja por destruir Estados consolidados. Sin duda habría contra argumentado que la izquierda no quiere salir de Europa sino otra Europa, pero pensando, pensando me habría preguntado dónde puñetas hay siquiera un esbozo de esa Europa alternativa, quién lo tiene, quién lo guarda, quién lo oculta… o es que no lo hay. En fin, me consolaría con la idea de que es el pueblo quien lo quiere ¿Habrá algo más progresista? Pero en seguida me alarmaría viendo a los lepenistas, al UKIP y a la City, a fachas y ultraizquierdista de toda laya uniéndose felices a la algarabía.

La vida es difícil de comprender y de explicar. Por eso cada día simpatizo más con Fernando VII que expresó tan contundentemente aquel brillante propósito: «Lejos de mí la funesta manía de pensar». 

Hombre, si es una manía…


1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Muy bien planteado....

Saludos