Leo en José Mª Ridao
que cuando la nación se convierte en un dios la historia sustituye a la
teología. En efecto, para que el mito se revista de unos mínimos ropajes de
racionalidad requiere de un discurso que utilice apariencia científica. Hay que
entender, sin embargo, que la historia es algo mucho más modesto (en el sentido
de más terrenal). Decía Marguerite Yourcenar: «[La historia] no se hace cuando
se produce, sino siempre después, no pasa sino que se fabrica, no sucede sino
que es algo que se inventa una vez que haya sucedido. Así que la historia es la
forma que luego damos a lo que pasó, no exactamente aquello que pasó y que
cuando pasaba pocas veces parecía ser historia». En definitiva, una construcción
contemporánea del pasado, de la que la contemporaneidad es siempre parte
indeleble. Convertida en ciencia sagrada la historia solo sirve como arma: arma
defensiva a la que recurrieron insistentemente los diputados en Cádiz en 1812,
justificando cualquier propuesta revolucionaria con supuestos antecedentes
hallados en el pasado de los reinos hispánicos; arma ofensiva que blandían con
furia los ‘apostólicos’ seguidores
de D. Carlos en las guerras que trataron de cerrar el paso a la modernidad
imponiendo la vuelta a una soñada edad de oro.
10 jul 2017
24 jun 2017
Politiqueo
Dicen los diccionarios que politiquear es hacer política con
superficialidad o en beneficio propio, y también hacer política de intrigas y
bajezas. Eso es lo que nos harta, el polítiqueo, no la política. La tentación
es fuerte y podríamos decir que pocos, muy pocos políticos, se han mantenido
siempre ajenos a las tácticas y estratagemas del polítiqueo; la carne es débil.
Es decepcionante en cualquier caso, pero resulta insoportable cuando es la
regla y la excepción la política. En esas estamos. Extraer un gramo de política
de un océano de politiqueo es tarea ardua, pero es lo que nos toca cada vez que
intentamos un análisis honesto de las acciones e intenciones del mundo de la
cosa pública.
11 jun 2017
Democracia, emoción y racionalidad
En la toma de decisiones de todos los individuos la
racionalidad juega un papel más bien modesto, son las emociones las que nos
impulsan. A posteriori tratamos luego de justificar lo hecho con toda suerte de
argumentos racionales, tanto más sofisticados y ajustados a la cuestión cuanto
más nos las demos de intelectuales y racionalistas. El resultado podemos situarlo
después como causa de la acción sin que se nos mueva un músculo de la cara. En
realidad la razón lo que tiene es prestigio (nos definimos como animales
racionales), pero, en la práctica, mucho más éxito como coartada que como motor
o guía efectiva. Por eso hay tanta distancia entre predicar y dar trigo, tantas
grietas en eso que llamamos coherencia, o sea, concordancia entre el discurso,
interno o externo, y el camino que realmente transitamos. Casi todo el esfuerzo
intelectual se nos va en disimular distancias y encubrir grietas.
23 may 2017
El nuevo Montecristo
Nos creemos libres porque desconocemos las causas de nuestro
comportamiento, según nos reveló Espinoza, allá por el XVII, y luego (S. XX)
Freud al afirmar que lo que deseamos es siempre fruto de impulsos
inconscientes, es decir, al mostrar las causas. El caso es que nunca sabré con
exactitud por qué no me gusta Pedro Sánchez, quiero pensar que, precisamente,
porque se deja llevar por pulsiones subconscientes que eluden la racionalidad,
pero lo mismo podría decirse de mí al desplegar esta emoción, que yo veo y
justifico como conclusión de un análisis inteligente. Mientras alguien no me
diga algo definitivo sobre este enredo lo dejaré aparcado en el frontispicio de
este escrito como prueba de mi honestidad intelectual. Dicho lo cual vamos al
lío.
18 may 2017
El hundimiento de la socialdemocracia
La socialdemocracia agoniza. Sólo en Portugal se mantiene en
el poder un partido socialista, aunque apuntalado por una coalición de
izquierdas. En Francia, François Hollande renunció a repetir y su sucesor,
Hamon, ha obtenido un ridículo 6%; En Alemania, Schulz va de fracaso en
fracaso, el del domingo en su propio feudo, Renania-Westfalia; en Reino Unido,
Corbin se esfuerza por llevar el suyo, el Labour
party, a la irrelevancia definitiva; no hablemos de Grecia o Italia; En
España tres candidatos mediocres, por decirlo con benevolencia, tironean por el
dudoso honor de ser el desguazador seleccionado por la militancia. El panorama
es desolador; pero hay que decir a continuación que el socialismo europeo muere
de éxito.
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