11 sept. 2008

La ciencia, eterna aguafiestas.

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Vaya lío con los huesos del Príncipe de Viana, D. Carlos, el hijo de Juan II de Aragón y Blanca de Navarra, que vivió allá por el S.XV y fue el primero que ostentó ese título –el último, como todo el mundo sabe, es el príncipe D. Felipe, cuyos huesos parecen estar en orden, a Dios gracias. Es el caso que los científicos encargados de determinar si los restos que se conservaban y se tenían por tales, eran o no los suyos, han dictaminado que pertenecen a tres personas distintas una de las cuales es una mujer y ninguno de los otros dos es él mismo.


Para el común de los mortales con la muerte se termina la historia; pero para estos personajes no es igual, a veces la historia de su muerte es tan compleja o más que la de su propia vida –ahí está el Cid, que, según cuentan, ganó una batalla después de muerto.

D. Carlos, el príncipe, que había combatido contra su padre –o su padre contra él– por el trono de Navarra y que fue apartado de la sucesión a la Corona de Aragón a favor de su hermanastro, más joven, Fernando, al que más tarde llamaríamos el Católico, fue enterrado en el monasterio de Poblet, después de morir en circunstancias sospechosas –su madrastra, Juana Enríquez, fue acusada por algunos de haberle envenenado. Allí gozó de la paz que merecen los difuntos hasta que en 1834 un ministro liberal, Mendizábal, buscando cómo sacar al tesoro público del marasmo en que se encontraba y, de paso, avanzar en la construcción de una sociedad más racional, expropió los bienes de la Iglesia y disolvió algunas órdenes religiosas. El Monasterio quedó abandonado y los lugareños no perdieron el tiempo para saquearlo, incluyendo las numerosas tumbas de nobles y miembros de la casa real de Aragón, en busca de tesoros. Los reales huesos del Príncipe y otros muchos quedaron esparcidos y mezclados por las dependencias vacías del monasterio, hasta que un par de años después un sacerdote piadoso y respetuoso los reunió a todos en su iglesia.

A principios del XX el nacionalismo catalán había convertido al Príncipe de Viana en un icono de su causa –no en balde su malvada madrastra y posible asesina era castellana y Fernando, que le usurpara la corona de Aragón y, por tanto, de Cataluña, se casó con la reina de Castilla, suceso que está en el origen de la pérdida de la identidad estatal de Cataluña. La recuperación de sus restos, tarea convertida en objetivo político, se encomendó a un antropólogo y egiptólogo de prestigio entonces, Eduard Toda i Güell, que, según parece y sin pensárselo dos veces, armó una momia con lo que, a ojo de buen cubero, le pareció acertado y de ahí que algunas partes sean de mujer y que la columna vertebral tenga ¡ocho vértebras lumbares!; pero el objetivo se había cumplido y el catalanismo tenía su símbolo. ¿Quién iba a reparar en tales nimiedades?

Y aquí llegó la ciencia –no la ciencia histórica, que la pobre es tan fácil de manipular, sino la ciencia dura, esa que se cuece en los laboratorios– derribando mitos, símbolos y zarandajas para decir estos no son los huesos, cómo antes había dicho esta no es la Sábana Santa, y tantas otras. La ciencia, eterna aguafiestas.

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ILUSTRACIÓN: El príncipe de Viana, Museo del Prado. Del pintor malagueño Moreno Carbonero.

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