9 jun. 2009

Analizando el resultado electoral

El desenlace de las elecciones europeas ha puesto de manifiesto una paradoja, más que aparente, que ocupa hoy a buena parte de la prensa continental, a saber: el encargo a la derecha de la gestión de la crisis que han generado precisamente las políticas neoliberales; o, lo que es lo mismo, el apartamiento de los socialdemócratas, cuando las únicas políticas que se aplican en este momento pertenecen al acervo intervencionista, propio de la socialdemocracia. ¿Qué significa esto? ¿Cómo interpretar la voluntad de los electores?

Entiendo, en mi lógica democrática, que los electores, los ciudadanos en el ejercicio de su derecho al voto, no se equivocan. O quizá mejor, la idea del error no es aplicable a la explicación de unos resultados electorales. Simplemente se ha dictado un mandato que las formaciones políticas deberán ahora gestionar. Tan absurdo me parece decir que el electorado ha errado, como pensar que tiene una voluntad como si se tratara de una persona pensante y con capacidad de prever y elegir opciones. La identificación del colectivo con las cualidades de las personas que lo componen no pasa de ser un ejercicio literario. Así pues el resultado de la suma de los sufragios puede generar problemas adicionales o aflorar como una extraña contradicción; son las contradicciones de un sistema que no es perfecto, pero sí el único que garantiza los derechos individuales y, por tanto, la dignidad ciudadana.

En toda Europa hemos visto como partidos socialdemócratas, en la etapa anterior, han venido aplicando políticas difícilmente homologables con el ideario de la izquierda. Desde Felipe González a Tony Blair la socialdemocracia europea asumió el neoliberalismo como condición sin la cual no era posible gobernar; la diferencia entre las opciones se redujo a una cuestión de talante más o menos progresista (conscientemente Zapatero hizo de ese vocablo, tan poco definitorio, eslogan de su diferencia respecto de la derecha). En otro tiempo los partidos de izquierdas tenían un programa máximo en donde expresaban su horizonte utópico y uno mínimo que era una adaptación a la realidad (también un modo de alejar los miedos al cambio revolucionario); pero hoy esto ha desaparecido porque cualquier idea de cambio real ha quedado desechada de la izquierda con posibilidades de gobernar. No es extraño que los electores no vean diferencias y opten por unos u otros según otros criterios.

Ante la inquietud que genera la crisis parece lógico que muchos ciudadanos opten por gestores conservadores, no porque sus programas sean más interesantes (no hay programas distinguibles), sino porque no son tiempos en los que apetezcan aventuras y la izquierda aparenta ser más proclive a esa tendencia. Al fin y al cabo ¿qué diferencia a unos y otros? Sólo el “talante”.

Para colmo los grupos parlamentarios en la cámara comunitaria no han sido capaces de, superando el lastre nacionalista, dotarse de un proyecto de Europa que ofrecer a sus electores. Ante semejante vacío estos optan por la abstención, por el instinto, como señalaba en párrafo anterior, o por otras mil indicaciones de carácter nacional, en absoluto europeas.



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