2 jun. 2009

En esta apartada orilla...

Con la voz cortada por la emoción explicaba un muchacho homosexual en la radio que no podía ser el padrino en el bautizo de su sobrino porque el cura entendía que por su condición no reunía los requisitos que exigía el compromiso. Poco después una señora, divorciada y vuelta a casar civilmente, despotricaba contra la Iglesia que no permitía a su hija hacer la primera comunión porque la situación de los padres les había situado fuera de ella. «Yo creo en Dios, no en los curas» decía indignada. Es posible que alguien piense que yo también voy a cargar contra la Iglesia aprovechando la anécdota, nada más lejos de mi intención, voy a censurar a los presuntos damnificados. La actitud de ambos sacerdotes me parece impecable si nos atenemos al derecho canónico y a los tics morales a que nos tiene acostumbrados la Santa Institución. Los que no cumplen lo pactado son el chico y la señora, es normal y lógico que la Iglesia no esté dispuesta a acomodarse a sus caprichos. Si cumplen las normas están dentro con todos los derechos y si no, están fuera. Nada que objetar. Si creen en Dios pero no en los curas, hay otras iglesias, quizá más tolerantes en las cuestiones que les afectan (cuidado, puede que salgamos de Málaga y nos metamos en Malagón), o se puede prescindir de todas ellas, si lo único que importa, según se dice, es Dios.

El problema es que lo que importa no es Dios, ni nada que se le parezca, y, por su parte la Iglesia está haciendo uso de una práctica muy antigua: el chantaje. La verdad es que me cuesta ver en esto algo más que un sainete, porque reúne todos los elementos, pero trataré de analizarlo con seriedad.

Habría que empezar diciendo que ambos ritos son anteriores a la existencia de Dios (no se me escandalicen, por favor). Cualquier antropólogo verá en ellos rituales ancestrales: uno de acogida, de recepción del recién llegado a la comunidad y el otro de iniciación. Ambos tan antiguos que ya eran practicados antes de que en la mente de los humanos hubiera nacido la idea de Dios, no digamos la Iglesia Católica. Lo sorprendente es que todavía, a pesar de lo llovido, siguen teniendo garra; en verdad más que las Iglesias que se los apropiaron, porque no fue sólo la católica. En el momento en que las creencias religiosas declinan y las iglesias pierden fuelle, los ritos, que revistieron con los ropajes de sus dogmas y liturgias, tienden a permanecer, sin que los usuarios acierten ya a verlos libres de quien los tenía secuestrados. El conflicto está servido.

Ya pocos van a misa y muchos no creen más que en un Dios difuso que no suele ser sino una palabra con la que se esconde un confuso sentimiento, complejo e inquietante, ante la libertad que nos impone su muerte. Sin embargo, seguimos entregando a nuestros niños a los curas para que manoseen sus mentes (y quizá algo más) y cuando ellos esperan participar de los mismos ritos que sus compañeros nos damos de narices con la contradicción de tener que aceptar imposiciones que creíamos haber superado. El modelo es aplicable igualmente a los bautizos, bodas y funerales, la Iglesia se ocupó con minucia y visión de futuro de ritualizar toda nuestra vida, desde la cuna a la sepultura. Como el ratón entra por su propio pie en la ratonera, así caemos nosotros en el chantaje.

A quien la indignación no le impida un análisis objetivo verá que la Iglesia no se movió un milímetro, fuimos nosotros los que quedamos fuera de encuadre. Aceptémoslo con alegría, aquí afuera hay más luz, «más pura la luna brilla y se respira mejor», que decía el poeta (con versos un tanto ripiosos, la verdad sea dicha).

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Imagen: Bautismo de Cristo. El Greco. Museo del Prado

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