5 jun. 2009

Votemos una vez más...

Nadie espera encontrar la verdad en los mensajes publicitarios; su misión es inducir al consumo del producto que se anuncie. Cualquier método es válido para conseguir este objetivo básico, siempre que no contravenga la legislación, aunque a veces bordee la norma e incluso atente contra las “buenas costumbres”. Cualquier cosa que se venda (en nuestra sociedad tan mercantilizada, casi todo) puede ser objeto de prácticas publicitarias y a nadie debería escandalizar que así sea; lo escandaloso es que se venda todo o, al menos, aquello que siempre nos pareció ajeno al mercado.

La cuestión es: ¿una campaña electoral se puede enfocar como una campaña publicitaria? ¿Es lícito que los estados mayores de los partidos descarguen por completo en empresas especializadas la tarea de atraer el voto a su opción? Se suele argumentar que la propaganda es para los indecisos, aquellos que ni siquiera se han planteado participar o los que no tienen una adscripción ideológica consolidada; pero lo cierto es que el recurso a técnicas de mercado trivializa el debate político y pienso que tiene el efecto perverso de desalentar y provocar la deserción de los que se mantenían en la idea de participar. Lo lamentable no es que esto sea algo sobrevenido de forma novedosa, que no lo es, sino que se haya convertido en casi lo único, reduciendo el auténtico debate político a la nada. A uno le queda la duda de si es un efecto o una causa, es decir, si es que ya no hay debate político y se recurre por ello a la propaganda, o si por recurrir demasiado a la propaganda se ha acabado con el debate. En cualquier caso parece indicar que los partidos están renunciando al liderazgo político que siempre se esperó de ellos, para convertirse en simples maquinarias para conseguir el poder, lo que les permite situar “laboralmente “ a sus miembros en la multitud de puestos no técnicos que ofrecen las administraciones: diputados, ministros, alcaldes, consejeros, delegados, concejales, etc., etc.

No estoy en contra de que se pueda vivir de la política, porque eso es garantía de que está al alcance de cualquiera, no sólo de las élites, pero sí de la profesionalización porque es fuente de perversiones como la que nos ocupa en este momento. Me parece a mí que la pobreza ideológica, la ausencia de auténtico debate, la mercantilización creciente, tienen su principal causa en esa tendencia.

La campaña por las europeas que hemos sufrido (nunca mejor dicho) es una muestra de libro, no tuvo el mínimo exigible que hubiera justificado el gasto de campaña, por no haber no hubo ni promesas; como es natural la abstención amenaza con estar a la altura del despropósito en que han caído los partidos, casi sin excepción. Personalmente siempre he estado por la participación, pero verdaderamente cada vez se necesita ser más esforzado en la convicción para no desertar.

Votemos una vez más, pero, como dice Millás en su artúculo de El País de hoy, algo habrá que hacer nada más salir del colegio electoral.


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