12 may. 2016

El TTIP

La batalla por el libre comercio viene librándose desde el siglo XVIII. Desde entonces ha sido bandera para unos y aberración para otros, sin que, hasta el momento, parezca que hayamos resuelto el dilema. Que alabemos los logros del libre comercio dentro de la UE y en cambio saquemos uñas y dientes ante el TTIP (Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones), aún en fase de discusión, es materia digna de estudio porque muestra hasta qué punto el tema está impregnado de pasión ideológica. Toda la energía movilizadora antisistema, todos los recursos intelectuales antiglobalización se están trasladando a este objetivo.

En 1846 el premier británico Robert Peel abolió las leyes de granos (Corn Laws) que protegían arancelariamente al cereal inglés, apoyado en un movimiento contrario, Liga anti Corn Laws ‒ya en 1819 se había producido la masacre de Peterloo al reprimirse una manifestación contra las citadas leyes, a las que se hacían responsables del alto precio del pan‒. Simplificando, a favor de la abolición estaban los intereses comerciales e industriales pero también los obreros; en contra los terratenientes. Consecuencia de la iniciativa de Peel fue el declive irreversible de la agricultura británica incapaz de competir con la continental o ultramarina, pero, como contrapartida lanzó a las islas a la hegemonía industrial y mercantil. Con este primer gran asalto al comercio protegido y primer gran paso hacia el libre comercio la ventaja comparativa de que hablara D. Ricardo se hizo realidad.

En España en 1842, siendo regente Espartero, liberal y progresista, se produjo una insurrección en Barcelona que le indujo, aficionado como era a soluciones contundentes, a bombardear la ciudad desde el castillo de Montjuic. El detonante del levantamiento popular había sido la negociación de un tratado de libre comercio con Inglaterra que alarmó a industriales, comerciantes y obreros catalanes temerosos de la competencia británica. Naturalmente el acuerdo contaba con la adhesión de los cerealistas castellanos que veían la posibilidad cierta de irrumpir con ventaja en el mercado británico.


Como se ve, los sectores sociales que apoyaban el libre comercio en uno y otro caso se presentan invertidos. Es más, Espartero no coincidía con los presupuestos ideológicos de los terratenientes castellanos, obviamente conservadores, pero el apego inquebrantable del regente a una idea que consideraba indisociablemente ligada al progreso junto a los intereses económicos de aquellos produjo la confluencia. Peel militaba en el conservadurismo (tory), pero no era hombre sectario y optó por la solución que beneficiaba a la mayoría y a los sectores de futuro contra los intereses de la influyente gentry de raíces agrarias. Espartero era un doctrinario, en el sentido de que seguía los presupuestos ideológicos del liberalismo de manera dogmática, y los aliados o enemigos fueron un resultado casual. Aunque ambos actuaran en la misma dirección es obvio que sus decisiones no tienen el mismo valor.

Saltando un siglo, en 1950, tuvo lugar la Declaración Schuman detonante de lo que sería la UE. En ella se pone el énfasis en la creación de un espacio económico donde circulen libremente mercancías, capitales y personas, el medio más eficaz para crear vínculos y evitar trágicas confrontaciones como las dos guerras mundiales. De hecho sólo es posible entender los dos conflictos por la guerra económica previamente desatada entre espacios cuyo fuerte proteccionismo chocaba violentamente con su afán expansivo, sólo mitigado, pero también avivado, por la expansión imperialista, como resaltó el materialismo histórico (Hilferding, Lenin).

El éxito del Mercado Común y la proliferación de uniones aduaneras y zonas de librecambio, así como la acción persistente durante décadas de la OMC y su antecesora la GATT han desarmado arancelariamente el comercio mundial. Entre el espacio americano (EE.UU.- Canadá) y la UE quedan ya pocas barreras arancelarias y el levantamiento de las que restan (productos agrícolas, calzado, contratación de obra pública…) en su mayoría beneficiaría a España porque somos más competitivos. El énfasis de los negociadores parece centrarse en la armonización de reglamentos y en la seguridad jurídica, donde sí que existen graves diferencias. De llegar a buen puerto, una vez concluido el acuerdo tendría que ser ratificado, en nuestro caso por el Parlamento Europeo, que, no se olvide, lo hemos elegido directamente, y por el Consejo, donde están representados los estados por sus gobiernos; en el lado americano por sus respectivos cuerpos legislativos.

¿Es bueno o es malo el TTIP? Si las demás medidas de librecambio, antiguas o recientes, se pueden aceptar como beneficiosas en términos generales (nadie en su sano juicio optaría por su neutralización ahora) ¿Por qué éste iba a ser malo? En todo caso dependerá de los términos concretos en que se sustancie. Para valorarlo lo importante será no sustituir un razonamiento  desprejuiciado por clichés prefabricados adquiridos en el chiringuito ideológico de la esquina, como sugiere la moraleja que desprende el cuento de Peel y Espartero y la experiencia posterior.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Un artículo muy interesante...