12 oct. 2016

El pueblo judío: del mito a la realidad

El mito fundacional de la nación judía es el éxodo o salida de Egipto bajo el liderazgo de Moisés y se narra en el libro del mismo nombre. Durante ese episodio se cerró el pacto con Yahvé, que les conduciría a Canaán, la tierra prometida. Todas las naciones han elaborado relatos míticos para explicar y sacralizar sus orígenes: en España nos valimos de Santiago y la recuperación de una tierra supuestamente perdida por los pecados de los antiguos y la maldad y crueldad de los sarracenos, quienesquiera que sean los que encerremos en esa denominación. En realidad las diferencias entre estos mitos suelen limitarse a los detalles.

Pero ni la historia, ni la arqueología modernas han podido encontrar el más mínimo rastro de la deambulación de todo un pueblo durante más de cuarenta años por una zona relativamente pequeña como el Sinaí, en donde sí que hay rastros de la presencia militar y administrativa egipcia de la misma época. Tampoco nadie pudo demostrar jamás la presencia de Santiago en Hispania ni si en la tumba compostelana está él, quizás el obispo herético Prisciliano o cualquier otro; lo cierto es que el relato venía como anillo al dedo a los intereses de la monarquía de Oviedo en el momento en que se construye la leyenda. De la misma forma el cuento bíblico de los patriarcas, el éxodo, la conquista de Canaán y la construcción de la monarquía judía convenía a los proyectos nacionalistas del reino de Judá, (el de Israel había desaparecido en manos asirias), en el tiempo, del -VII al -VI, en que debió escribirse la mayor parte del relato, según estudios recientes[1].

El pueblo judío conoció otro episodio de expatriación en el -586 con la conquista del reino de Judá por Nabucodonosor, conocido como la cautividad de Babilonia, aunque hoy sabemos que sólo afectó a la élite intelectual, a la vez económica y religiosa, de Jerusalén. Táctica muy común en todos los tiempos para descabezar una comunidad.

Pero el suceso que provocó la idea de que los judíos eran un pueblo errante porque su tierra les había sido arrebatada fue el desenlace triunfal para Roma de la guerra del año 70. Fueron fuentes cristianas tardías las que hicieron correr la especie de que a su finalización los judíos habían sido dispersados por el mundo. El asunto convenía a la iglesia porque suponía un merecido castigo por haber matado a Cristo; pero también convino a los judíos porque el nuevo mito encajaba con los antiguos de su formación nacional (Egipto y Babilonia). El chisme triunfó además porque había judíos por todas partes y como se suponía que no habían sido proselitistas tendrían que serlo de raza. Todo esto ha sido desmontado por un historiador contemporáneo y desprejuiciado, aparte de judío, Slomo Sand[2].

Hoy parece descartado que hubiera dispersión porque no era costumbre romana para con los vencidos, porque no hay testimonio alguno de tal suceso y porque dos generaciones después estallaron nuevas revueltas (la de Kitos en el 115 y, la más dura de todas, la de Bar Kojba en 132), imposibles de haberse producido la diáspora.

Respecto a la presencia de judíos fuera de Palestina, ya había comunidades judías antes del año 70 por todo el Oriente Medio y Grecia, como demuestra el periplo proselitista de Pablo, constituidas básicamente por gentiles. También en Egipto donde se tradujo la Biblia al griego (Septuaginta) y prosperó el magisterio de Filón de Alejandría, judío grecoparlante que desconocía el hebreo. Recientemente hemos sabido que en Yemen hubo una monarquía (Hymiarita) que adoptó el judaísmo, igual que el imperio jázaro que prosperó y perduró entre el mar Negro y el Caspio de los siglos VII al X, origen según parece de la expansión del judaísmo por el oriente y centro de Europa (judíos askenazis). Como el cristianismo, el judaísmo se difundió por una innegable actividad proselitista aprovechando las estructuras del Imperio Romano, pero también fuera de sus fronteras, durante unos siglos en que no estaban claras las diferencias entre ambas creencias y otras varias del mismo tronco (gnósticos, maniqueos…) que acabarían desapareciendo.

Concluyendo: la idea de un pueblo judío disperso por el mundo sólo se sostiene hoy por ignorancia y por el fanatismo sionista que el Estado de Israel explota en su beneficio a costa del pueblo palestino que, con toda probabilidad, son los antiguos judíos islamizados hace siglos, sometidos ahora a judíos de religión (askenazis, sefardíes, etc.), que no de origen étnico, que los están expatriando, ahora sí, en su propio país. Ironías del destino.




[1] Finkelstein y Silberman: La biblia desenterrada. Una nueva visión arqueológica del antiguo Israel y sus textos sagrados. Ed. Siglo XXI. 2003.
[2] Slomo Sand: La invención del pueblo judío. Akal, 2011

(Publicado en Cualquier tiempo pasado 22/09/16)

2 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Un artículo interesante...

Manuel Reyes Camacho dijo...

Efectivamente, esto confirma con nuevos datos, y mucho más ampliados, lo que yo había leído de ese biólogo metido a historiador que es Jared Diamond: que nadie ha podido confirmar la hégira de Egipto - y por tanto el cuento de La Tierra Prometida- porque nunca se produjo. Y que los que hoy viven en el territorio son los mismos de siempre, hermanos de sangre de toda la vida, solo que unos moros y otros judíos por los avatares históricos, y por eso se matan.