31 oct. 2016

Del gremialismo a la globalización. Un camino irreversible

Zapatero
En las repúblicas urbanas los gremios fueron protagonistas decisivos; también en el tira y afloja de los monarcas con la nobleza, contribuyendo a inclinar la balanza a favor de los primeros y, a la larga, a inventar los estados modernos. Organizados pronto los estados nacionales según los presupuestos del capitalismo liberal, percibieron enseguida al gremialismo como un factor de retardo, por lo que en todas partes las leyes lo combatieron con mayor o menor contundencia. La última vez que se puso de moda fue en aras del populismo fascista (corporativismo mussoliniano o franquista) aunque como suele ocurrir con todo populismo tenía mucho más de falaz que de apuesta sincera. En el S. XX era ya una fórmula superada, como otras muchas que el discurrir económico había relegado al baúl de los recuerdos. Puede atraer y alimentar sentimientos nostálgicos o equívocas propuestas en momentos puntuales, pero ya es ceniza.


Todos los tiempos son de cambio. Los nuestros, indudablemente, hacia la globalización. Las naciones estado, sin las que no concebimos nuestra sociedad porque han sido creadoras y sostenedoras de los modernos derechos de ciudadanía, se están convirtiendo en obstáculos para el proceso de mundialización, que es progreso. Desde hace tiempo vienen proliferando instituciones inter o supranacionales de carácter político, mercantil, jurídico… con las que los estados, corporaciones o individuos se comprometen, al tiempo que la revolución en la información y las comunicaciones convierten al mundo en una ‘aldea global’. Es imposible no recordar aquí a la UE que comenzó siendo una zona de libre cambio para evolucionar hacia un mercado común con el objetivo último de una unión política, de momento casi sólo un nombre. ¿Qué impide que lo sea también de hecho? Las naciones estado que lo forman, que se resisten a perder soberanía. Las fuerzas que dificultan el proceso son, desde ese punto de vista, retardatarias, como en otro momento lo fue el gremialismo para el capitalismo liberal que construía los estados nacionales.

CETA y TTIP son las siglas con las que se conocen dos acuerdos, todavía negociaciones, de libre comercio entre Canadá y EE. UU., respectivamente, y la UE. Con ellos se pretende superar las limitaciones que presenta la OMC, cuyas espectaculares e interminables ‘rondas’ negociadoras han sido irresistible reclamo para la agitación antiglobalización o antisistema (Batalla de Seatle). Estos movimientos son multiformes y van desde la oposición radical al capitalismo de los tradicionales enfoques comunista o anarquista a un neolocalismo de raíz conservacionista, cuando no decrecionista, pasando por los nacionalismos y los regionalismos, elevados a nuevos nacionalismos, muchas veces secesionistas —ha sido el nacionalismo valón el que ha estado a punto de hacer naufragar el CETA en su última etapa—. Todos ellos defienden posiciones muy respetables, como en otro tiempo el gremialismo, y es de suponer, y esperar, que la tensión entre ellos y el capitalismo liberal que promueve los acuerdos alumbre una síntesis con la que podamos dar un nuevo salto hacia adelante.

Desde luego, no comparto la demonización de los acuerdos, como hacen muchas organizaciones que se autocalifican de progresistas, porque me parece que están en la línea del futuro (globalización) y porque el comercio, o mejor, la libertad de comercio, es garantía de entendimiento y cooperación: véase la UE y las razones de su origen, o sea, la constatación de que los últimos conflictos, que degeneraron en mundiales, tuvieron sus causas en las contradicciones comerciales entre las grandes potencias económicas europeas;  obsérvese como la descolonización británica ha sido, con mucho, la más pacífica y eficiente, como muestra que desembocara en la Commonwealth (de common, común y wealth, riqueza) porque los británicos promovieron y priorizaron el comercio sobre cualquier otra relación con sus colonias.

El detalle de los tratados habrá que dejarlo en manos de los expertos y su aprobación en las de nuestros representantes nacionales y/o comunitarios (bajo la vigilancia de la sociedad civil, faltaría más), porque no veo cómo se podría llegar a ningún acuerdo y menos a uno tan técnico y complejo por medio de la democracia directa, tan sobrevalorada hoy. A menos que se trate de su impugnación, apriorística, irreflexiva y sin paliativos.

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Excelente artículo...

Saludos