3 oct. 2016

La física aplicada a la política

Un agujero negro es un punto en el Universo con un campo gravitacional tal que nada material, ni siquiera la luz, puede escapar a él. Se dice fácil, pero se comprende menos. La física es así, una ciencia dura no apta para legos. Yo no llego ni a lego y por eso me atrevo a trasladar la imagen a la sociedad. Las turbulencias de la crisis financiera, luego económica, después social, ahora política han creado un agujero negro, o quizás morado, que succiona todo aquello que se aproxima al “horizonte de sucesos”, que dicen los físicos. Ha engullido votos de izquierdas por millones; en seguida toda una organización como Izquierda Unida —hay que decir que este último suceso produjo un cierto atragantamiento, lo que sugiere que hasta los agujeros negros tienen sus debilidades—; ahora es el PSOE el que se encuentra al borde después de haber perdido en el embudo infernal a una buena parte de sus votantes. La fuerza succionadora tironea de sus dirigentes a muchos de los cuales ha dejado in albis vestimenta, que diría un clásico pudoroso, para entendernos, con las vergüenzas al aire. Como en la física, nadie sabe qué hay al otro lado del agujero negro, o morado: puede que otro universo imagen especular de éste en el que la derecha sea la izquierda y viceversa.


Lo cierto es que a este lado tenemos una movida más que regular y el elemento morado se ha manifestado como un brutal tifón que vino a estropear las digestiones tranquilas y el sesteo a que se habían acostumbrado los compañeros socialdemócratas que sólo aspiraban a aguardar su turno cuando a Rajoy se le acabaran los puros. Ahora todo anda revuelto porque cuando se ponen nerviosos son mucho PSOE, que dijo Susana y certifica la historia: en julio del 36 —¿os suena la fecha?— pugnaba Azaña con prisas comprensibles por formar gobierno con que hacer frente a los milicos, pero no se pudo contar con los socialistas que estaban tirándose los trastos a la cabeza entre caballeristas (Largo Caballero) y prietistas (Indalecio Prieto) tratando de dilucidar el dilema existencial de si era o no pecado pactar con partidos burgueses.

Como se ve después de ochenta años aún no han resuelto la disyuntiva. Quizás lo que ocurre es que surge automáticamente cada vez que se aproximan a un agujero negro, que es cuando el estrés les lleva a plantearse cuestiones como ¿quiénes somos? o ¿a dónde vamos? Cuando ya hasta agarrarse a un salvavidas resulta problemático.

La única esperanza es que el agujero negro, o morado, pierda fuelle por su propia evolución: al tragar indiscriminadamente, el bajo contenido energético de buena parte del combustible le hace petardear —síntomas hay— y al final todo puede acabar en un puf frustrante y nada espectacular.

Así sea, porque a mis años no estoy para aventuras galácticas; además, ya me las leí casi todas, en tiempos era un friki.