21 ene. 2014

Liberarnos de la historia

Sitio de Barcelona 1713/14

Oí en tv a Fernando Savater afirmar, citando a Steiner, que los hombres no tenemos raíces, como las plantas, sino piernas; así que, cuando hablamos de raíces (lo radical, lo fundamental) debemos deducir que nos referimos a algo que está delante de nosotros, en el futuro, no detrás, en el pasado. Es una llamada a liberarnos de la historia, que si como memoria tiene algún sentido será el de redimirnos de errores pasados. Cuando se apela a la historia como guía de futuro se está sacralizando el error. Se está convirtiendo un camino de conocimiento en proceso de iniciación; unas conclusiones, por científicas, falsables, en verdades absolutas ante las que sólo cabe la veneración. Así, la historia es creencia, no conocimiento. Los nacionalismos tienen este efecto perverso e irracional, se den en Gerona, Valladolid o Córdoba.

Estableciendo lo anterior como premisa, debemos reconocer que en la construcción territorial del Estado español, como hoy lo conocemos, la violencia fue protagonista principal. No somos una excepción, lo exótico sería encontrar algún Estado que no se ajustara a ese modus operandi. Las diferencias estriban en que en algunos el proceso se concluyó recurriendo a la negociación de un tratado (Reino Unido); en otros siendo el nacionalismo protagonista, aunque secundario, de la unificación (Italia o Alemania), y otras variantes. En España el poder dinástico, agente para la unificación (como en todas partes), fue el único protagonista y además la construyó asimétricamente, desde la hegemonía castellana, alegando el derecho de conquista y un legítimo castigo a súbditos desleales (1715).

 Los territorios así tratados asimilaron con el transcurso del tiempo la nueva situación sin mayores problemas (Aragón, Valencia, Mallorca) o con una resistencia más o menos pasiva, según las circunstancias (Cataluña). De hecho las nuevas condiciones aportaron ventajas materiales evidentes, que permitieron soportar mejor los agravios de la derrota y “la nueva planta” del Estado (centralismo bajo hegemonía foránea con imposición del derecho y la lengua castellanas). La memoria reciente que nos revela a la burguesía catalana apoyando a Franco en los últimos momentos de la República y los tiempos posteriores no debe engañarnos. Ante la alternativa de una Cataluña más libre, como nación, pero bajo el colectivismo anarquista o comunista optaron por la seguridad de sus patrimonios a costa de la reparación nacionalista. Las circunstancias de hoy son muy distintas.

Si bien la historia no debe ser guía de futuro, tampoco debe ser olvidada, aunque sólo sea, como se ha dicho, para no caer en los errores del pasado. El viejo esquema, heredado de los RR.CC., de unidad a costa del aplastamiento de las minorías no es de recibo en la actualidad y sería aberrante que se convirtiera en programa de gobierno e ideal a inculcar en el ánimo de los ciudadanos, que, lamentablemente, ya estamos “educados” en esa dirección (el master lo hicimos en la dictadura). Si una mayoría cualificada de catalanes exige un cambio en el modo de convivencia no se puede ignorar por mucha barreras que imponga el ordenamiento jurídico actual. Es la democracia…

Dicho esto, vuelvo a la idea primera para recordar a catalanistas y españolistas, y a mí mismo, que también estoy necesitado, que lo que importa es el futuro. El pasado no es modélico pero no debería lastrarnos sino enriquecer y pulir una convivencia por venir. Los que la construyan, o reconstruyan, deberían estar liberados de la carga de la historia, de sus glorias, que son miserias para otros, y de sus miserias que nos traban indebidamente. A cuerpo limpio y con sólo el futuro por delante el éxito tiene chance.

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