25 ene. 2014

Consejos para la boca del túnel


Todos los mensajes del gobierno apuntan a que estamos saliendo del túnel. Se ha certificado que la luz que los augures divisan al fondo no es la de ningún convoy que venga en sentido contrario sino la del Sol. Todos sentimos verdadera necesidad de creerlo, sin embargo, ¡ay! junto a la presunta luminaria aparecen síntomas inquietantes.

A saber: ya es historia la encomienda de la ministra Báñez a la Virgen del Rocío para solucionar el problema del paro; quedará también para los anales el recurso a la teología del ministro Gallardón para justificar la supresión del derecho al aborto; no hablemos de la recuperación de la religión para las aulas públicas, protagonizada por el ministro Wert; por fin, hace sólo unos días, el ministro Fernández (interior) pide la intercesión de Sta. Teresa, que manda mucho Allí, dice (habrá que preguntarle quién manda aquí), para que los tiempos se vuelvan más llevaderos. Y no me detendré en los guiños de complicidad de Camps con el cielo en aquella sentencia memorable porque es asunto periférico...

 Me temo que el túnel de que está hablando esta tropa de esforzados en la fe no es otro que el túnel del tiempo y que la luz del fondo nos deparará sorpresas formidables (aunque más que predecibles, brothers, tampoco hay que dárselas de sorprendidos). Puede que desemboquemos en el concilio de Nicea o, como muy cerca, a la vera de Torquemada. Nadie puede saberlo, pero  los que vivan para contarlo podrán encomendar su alma a algún santo o santa (en el paraíso cristiano no hay problemas de sexo, como en otros) del extenso staff que nos ofrece la Santa Madre Iglesia. Y seguro que no habrá que pasar por la ventanilla de Montoro, todo lo más por el cepillo de Rouco.

Para entonces, para cuando alcancemos la boca del túnel, estoy considerando la conveniencia de ir elaborando mi expediente personal de limpieza de sangre que certifique mi condición de cristiano viejo (al antiguo requisito de ausencia de moros y judíos en la genealogía habría que agregar la de comunistas, sindicalistas, librepensadores, homosexuales, feministas…, amén de certificados de bautismo y demás sacramentos. Menos mal que nací en los tiempos de la España Una, Grande y Libre, porque los tengo todos). No es que lo exijan todavía pero de aquí a nada habrá tortas para conseguirlo, si no al tiempo; junto al certificado de eficiencia energética del piso, el otro. ¿Para qué esperar? odio las bullas.

Otra recomendación para cuando salgamos a la luz sería tener la mente abierta. Me refiero a que conviene permitir que salgan de ella ideas que se colaron de rondón con este rollo de la democracia, los derechos y demás quimeras envenenadas, a la vez que posibilitar la entrada de aquellos otros conceptos que desechamos por obsoletos y vergonzantes, para, una vez reciclados, convertirlos en nuevos soportes ¡Lo de toda la vida!

Que nadie me venga con que en Europa no van los tiros por ahí. En la escuela pública donde me formé, además de cantar el Cara al Sol por las mañanas y de rezar a diario un padrenuestro y algún avemaría (otros rezaban el rosario pero mi maestro no era beato, sólo fascista) se me enseñó que cada español llevábamos dentro un monje y un soldado y que España era la reserva espiritual de Occidente.

Pues eso.

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