9 mar. 2009

Los Diez Mandamientos

Desde que viera aquella película de DeMille no concibo a Moisés con otro aspecto. Cuando veo alguna imagen con rostro distinto invariablemente me parece una falsificación. Que viera el mismo semblante encarnando al Cid, al colono brasileño que luchaba contra las hormigas o a aquel oficial americano en Pekín no es óbice para que considere inseparables las fisonomías de Moisés y de Charlton Heston. Sería una broma de mal gusto que el verdadero, si es que existió, fuera cetrino, calvo, bajo y de nariz aguileña, lo que seguramente es mucho más probable.

En realidad no quería hablar de Moisés y de la catadura que lucía entre su gente o en nuestra imaginación, sino de los Diez Mandamientos, pero el título del post y su coincidencia con el de la película me han traído por aquí. Pido disculpas y rectifico.

La cuestión es que una cosa tan seria como los Diez Mandamientos (los Mandamientos de la Ley de Dios según la Santa Madre) no deberían estar sujetos a polémica sobre cuántos son o cuáles son, al fin y al cabo con ellos hemos de elaborar el currículo que nos dará un alojamiento u otro en la otra vida, ¡que es eterna! Sin embargo, la cosa no es tan clara, ni mucho menos. La Biblia, ese laberinto, está plagada de mandatos, normas y preceptos que forman un conjunto variopinto y enloquecedor, salvo para los judíos observantes. Pero, estos mandamientos, que según el relato –poco original, por cierto– recibiera del cielo el patriarca, parecen nítidos, escuetos y bien definidos; nada más incierto. Para empezar, hay quien asegura que son catorce. Ante discrepancia tan estúpida me he puesto a contarlos yo mismo, con talante sintético, es cierto, y me salen nueve; lo único claro es que no está claro. Lo puede comprobar cualquiera en Éxodo 20:1-17 y confirmarlo en Deuteronomio 5:6-21, pero mejor no ir a Éxodo 34:10-28, donde explica lo que se escribió la segunda vez, después de que Moisés rompiera indignado las primeras Tablas sobre el dichoso becerro de Oro, si lo hacéis no entenderéis nada. En la Biblia el misterio puede asaltarnos a la vuelta de cualquier página.

La Iglesia, como madre solícita que es, realizó algunos apaños con la santa intención de evitarnos mayores trabajos; lo que pasa es que el resultado se va pareciendo poco al original, que, se supone, es la palabra de Dios, pronunciada para que valiera hasta el fin de los Tiempos. Así, los dos primeros se fundieron en uno, que ordena “amar a Dios sobre todas las cosas”. El tercero, que prohibía hacer imágenes, la Iglesia Católica simplemente lo ha ignorado. San Agustín individualizó el noveno como “no desearás la mujer de tu prójimo”, dándole un tinte sexual, de uno en el que equiparaba a la mujer con el burro, la cabra, el esclavo… es decir las propiedades del vecino –recientemente se ha transformado en “no consentirás pensamientos ni deseos impuros” (?)–. Lo más curioso, por no decir la gran putada, que yo soy educado, es que el sexto, aquel que decía “no fornicarás” y ahora “no cometerás actos impuros”, ¡no existe en las Sagradas Escrituras! El que más se le parece es el que prohíbe cometer adulterio, que, a todas luces, no es lo mismo. ¡La Santa Madre se pasó otra vez!

Al final los únicos que quedan claros, sin objeciones, son el “no matarás” y el “no robarás”. Siempre que no leamos aquellas otras órdenes de Dios a su pueblo: “…cuando salgáis no os vayáis con las manos vacías. Cada mujer pedirá a su vecina […] objetos de oro y vestidos y los pondréis sobre vuestros hijos e hijas. Así despojaréis a los Egipcios” (Ex 3,21); o aquella otra: “…de las ciudades que el Padre Nuestro te dé por heredad, ¡Ninguna persona, hombres, mujeres y niños dejarás con vida, sino que los destruirás por completo (Dt. 20, 10 y ss.). Al fin y al cabo leer demasiado también puede ser un vicio.

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