28 nov. 2015

La coherencia de la extrema izquierda

Es difícil abrir un periódico sin que pueda uno leer aquello de que la CUP, con sus exigencias radicales, es el único partido coherente del batiburrillo político catalán. Lo mismo podía decirse del primer Podemos. Lo mismo se ha dicho siempre de cualquier radicalismo. Desde una proposición que no ve más solución que hacer tabla rasa, no dejar ni las raíces, cualquier solución que se base en el consenso, la negociación o el respeto a posiciones no concordantes y a los caminos ya transitados, son sólo componendas, cuando no corruptelas o traiciones. Nada más fácil que ser coherente cuando sólo se atiende a un constructo ideológico abstracto, por mucho que sus partidarios aleguen que nace de un análisis previo y, por supuesto, certero de la realidad.


La esencia de la política es la transacción y su muerte los esencialismos, de cualquier orientación que sean. Tanto da el Estado nazi que el régimen soviético (que, por cierto, literalmente significaba régimen asambleario). La sociedad es compleja y las buenas soluciones a sus problemas, desde la democracia, son aquellas que nacen de la negociación y atienden a los intereses mayoritarios respetando a los minoritarios. Pero no hay pacto sin un sistema representativo. La participación de todos los ciudadanos, la asamblea, aparte la dificultad material de aplicación en sociedades modernas, conduce a la ‘dictadura democrática’, como ya denunciaron los filósofos atenienses y como ha demostrado la historia; al desprecio y marginación, cuando no persecución, de las minorías, de los disidentes; a decisiones rígidas, sin matices; a una lamentable falta de eficiencia por las veleidades asamblearias y la dificultad para adaptar los proyectos a una realidad cambiante. No hay política sin cambalaches, por usar un vocablo seguramente más del gusto de los que critico, y este trajín negociador sólo es posible si se deja a representantes y se lleva con discreción.

Las creencias religiosas no admiten matices. La verdad es la que es y punto. En política, en cambio, no existe la verdad, sino la solución menos mala. Para ella no se necesitan predicadores, sino negociadores con cintura, mano izquierda y habilidad para no perder de vista los objetivos básicos mientras se cede en lo accesorio. Obviamente sobran predicadores en la nueva hornada de la extrema izquierda española. A mí que me den una izquierda ‘incoherente’ dispuesta a ceder para avanzar, aunque sea haciendo eses. Como yo lo veo, la coherencia de estos grupos no es más que incapacidad política. Y digo esto en el momento en que la ‘coherencia’ de la CUP es garantía de descarrilamiento del llamado proces.

Quizás se me critique que en esta reflexión he identificado política y democracia, y alguien dirá con razón que en la dictadura, en la autocracia, en el despotismo, también hay política aunque no democrática. Cierto, acepto la crítica sin rechistar. He caído en la idea de que la política fuera de la democracia era una simple estafa.


1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Y la coherencia puede llegar tarde....

Saludos